Sensaciones confusas.

Por Juan Pablo Barrera | Foto: Seba Heras

Suena el despertador y lo apaga de inmediato, es domingo y no piensa levantarse temprano, hace un esfuerzo por volver a dormir pero no puede, los pensamientos ya invadieron su cabeza y se hace imposible conciliar el sueño. Recuerda la discusión de la noche anterior o  la de anteanoche, el enojo de Sandra y el cansancio de la repetición de situaciones, le encuentra explicación a despertar en la pieza solo y con todo desordenado.

Al ver que ya no iba a dormir se levanta, se lava los dientes, camina por el pasillo a la cocina y allí está ella, en el desayunador, tomando un café en una taza que no es la que habitualmente usa, no levanta la cabeza para mirarlo, está más despeinada de lo habitual.

Pedro se sienta en silencio en la mesa y mientras busca una galletita de agua para untarle manteca se da cuenta que le ha pasado otra vez. Nuevamente esa sensación peleado y que en la cocina esté Sandra, pero ya no está. Mira dos veces y no hay nadie más que él.

Hace por lo menos un año que dos veces a la semana le pasa eso. Y hace más de dos y medio que se terminó una relación que los agotó, que agotó todo. No le cuenta a nadie eso que le pasa, sospecha que se la va a pasar, no “cree” en la psicología y no deja de culparse. Él sabe conscientemente que este final sea lo mejor, pero el hecho de haya sido ella la que dio el punto final lo descolocó, la manera de desaparecerse lo dejó totalmente lleno de vacío.

Él sospecha que por eso aún se le repiten sensaciones confusas. Ese vacío que se sigue llenando. Pero tiene grabada esa imagen de ella tomando un café en el desayunador enojada, vencida y llorando. La mira sin entender la gravedad de todo lo que ya se había derrumbado sin que se diera cuenta. De fondo el tele, una película en la que actúa Ben Stiller que nunca vio y que tampoco verá. Sí, tiene ese recuerdo de sentir el impacto de una bola de demolición rompiéndolo todo, dejando intacta a Sandra y el mirándola, mientras todo lo demás volaba por los aires.

Anochece, se prenden automáticamente los focos de las luminarias. Desde donde él mira parece un paisaje escandinavo. Se acerca el metrotranvía. Ni se imaginó hoy cuando despertó que terminaría esperando por primera vez el “tren”, sin el entusiasmo de las primeras veces. “Si lo viera su abuelo ferroviario así desganado se desilusionaría” (piensa por un segundo). Y vencido o victorioso, ha decido dejar esa casa en ruinas, tan llena de escombros invisibles a los ojos.

Ya en viaje suspira, se saca la mochila donde lleva algo de ropa, un muñeco de Batman, y un libro que él le regalo a ella. Ya mando un mensaje avisando que también decidió dejar todo atrás y que por fin va para casa, pero no llega, ni él ni el mensaje. Por un momento parece detenido el tiempo y el espacio. Le falta el aire, se despierta de golpe y ve toda la pieza desordenada, es todo confuso, se da vuelta y volverá a intentar dormirse.

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