#EstamosEnLaCalle es el lema que identifica a EL OTRO desde que comenzamos con este sueño de comunicación horizontal y solidario. La gravedad de la emergencia sanitaria nos convoca a ser coherentes y responsables y, si bien las trabajadoras y trabajadores de la comunicación fuimos legalmente excluidos de la cuarentena obligatoria, hemos decidido que saldremos a las calles solo cuando resulte indispensable. Por eso hoy #EstamosEnCasa.

Franco Trovato Fuoco, reportero gráfico en Diario El Ciudadano y la Región (Santa Fe), nos habla de sus días de vuelo con los pájaros.

[/media-credit] Franco Trovato Fuoco.

Hace algunos meses comencé a registrar el comportamiento de las aves que viven cerca de mi casa. Vivo en Rosario en un tercer piso que apenas supera la copa de una fila de fresnos que da sombra a la calle Necochea, en el barrio República de la Sexta, aproximadamente a 500 metros del Río Paraná. Habito este departamento desde hace más de 10 años y el visionado de aves ya era una costumbre, no sistemática, pero sí muy placentera. Colibríes, calandrias, benteveos, horneros, caranchos y hasta halcones camineros son mis vecinos desde entonces.

Tardé muchos años en comenzar a fotografiarlas, porque solo mirarlas es una hermosa forma de habitar el tiempo de por sí. En tiempos normales, debido a mi trabajo como reportero gráfico, una vez que llego a casa suelo guardar el equipo fotográfico, pongo a cargar las baterías, descargo las tarjetas y descanso de ese otro mirar con hambre que me apasiona y nutre mis días y, por ahora, para la olla.

 

 

 

 

Una tarde, digamos en septiembre de 2019, estaba mirando un brillante puntito verde en lo alto de uno de los fresnos. Sabía que era un colibrí pero su tamaño me impedía verlo bien, solo los destellos que daba al cambiar de posición lo distinguía de las hojas del fresno, ya que tienen el mismo tamaño. Con algo de pereza dejé el balcón y entré a casa a buscar mi cámara y la lente que utilizo para hacer fotos de fútbol (un 300 mm) pensando: “Todo esto es al pedo, cuando vuelva ya no va a estar”. Pero para mi sorpresa cuando regresé el colibrí seguía parado en la punta de la misma rama. Para mi fortuna pude pasar el tiempo suficiente viéndolo como para pensar en hacerle una foto, digo pensar porque no creí que fuera posible. Hasta ese momento la cámara era solo una suerte de telescopio, de hecho no había acomodado los seteos necesarios para hacer una exposición técnicamente correcta. Tuve tiempo de hacerlo y disparé un par de fotos mientras el bicho seguía ahí tomando el sol de la primavera rosarina. Tuve un rapto de ambición: me dije que lo mejor sería obtener una toma de él o ella en movimiento, pero me reí de mi propia idea ya que los colibríes hasta entonces para mí no se desplazaban de un punto a otro, sino que desaparecían en un lugar y aparecían en otro debido a su increíble velocidad. Pensé en sacarle un par de fotos más, mientras durara el milagro de su ya muy extendido descanso, y al próximo disparo se dio una bellísima sincronicidad: pude fotografiar a un colibrí en el momento exacto en que abandona una rama y emprende el vuelo (foto de portada).

 

 

 

 

Desde ahí sentí como que la serpiente alada que habita nuestro suelo desde antes de la conquista me había dado de alguna manera el permiso para fotografiar aves. Puede reírse desconocido lector, pero todos tenemos comportamientos criptoreligiosos que harían caer de jeta a nuestra suficiencia escéptica: la danza, la música, las reuniones con amigos, la reverencia por los libros, el uso de plantas sagradas, son algunos de estos comportamientos.

Fue así que comencé a habitar mis mañanas intentando obtener alguna imagen bella de algún ave. Cuando conseguía alguna foto de mi agrado la posteaba en redes sociales. Inesperadamente esas fotos cobraron el interés de contactos, amigos, conocidos de la web y familiares. Un par de amigos con los que hacía unos meses no charlaba me preguntaron si me había mudado a Córdoba, lo cual me sorprendió porque son personas que viven en Rosario y que tienen a su alcance la misma fauna que hoy muestro en mis fotos. Decidí redoblar la apuesta y sistematizar el trabajo con el objetivo de compartir algo de una belleza que no es para nada exótica, sino que nos rodea constantemente y que muchas veces no miramos. Así fue tomando cuerpo este trabajo que hoy tiene un nombre, Materia Leve, y que espero poder editar en un librito pequeño, tamaño pajarito, una vez terminada la cuarentena.

 

 

 

 

Así paso la mayor parte de mis días de este distanciamiento, conversando con esos pajaritos y cuando ellos me lo permiten fotografiándolos y compartiendo esas imágenes en Instagram. La respuesta de mis contactos es muchas veces de agradecimiento sobre todo cuando se trata de personas que no tienen una ventana que dé a un árbol, otras veces me piden consejos técnicos que me encanta compartir, otras veces me preguntan cuestiones elaboradísimas sobre Ornitología que no sé contestar, porque soy un reportero gráfico que hasta hace unos meses cubría la escalofriante ola de homicidios y femicidios que lastima a mi ciudad, y no un ornitólogo.

Algunos de mis contactos comenzaron a realizar una experiencia similar en sus casas y compartimos data e imágenes y, pese a la distancia, nos juntamos virtualmente a hablar de pajaritos. “Pajaritos tenés en la cabeza” me decía mi vieja cuando olvidaba una tarea de la escuela o volvía con algo menos de su lista de mandados… Tenía razón.

 

 

 

 

¿Cómo llevo esta cuarentena? No lo sé, con preocupación y ansiedad, como todes, pero intento llevarla como diría Borges: “con la seriedad con la que un niño juega”.

 

 

#EstamosEnCasa: Elena Visciglio

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