Por Milagros Sagristá – Foto: Fabián Sepúlveda

Digamos que es gente real fingiendo realidad
mientras la vida los atropella sin clemencia.

Portadores deleznables del qué dirán
que esconden la piel y las manos
y salen de estreno a la escena cotidiana
con un disfraz pintado para cada ocasión.

Eligen un lugar del mundo
Mendoza, se me ocurre.

Amantes de lo comercial
que se ensucian la sangre con mandatos
mientras callan lo que quieren gritar
mientras no hacen lo que quieren hacer.

Detractores del talento local
que pagan precios irrisorios por los de afuera
lo que jamás pagarían por los de adentro.

Ellos, se miden el largo con la regla del auto.
Ellas, la cintura con el último grito de la moda.

Reyes y reinas de una identidad disociativa
que aparentan con entusiasmo la vida que no viven.

Con poco simulan ser,
con poco ser, emulan.

Confieso que una especie de ternura aflora
una mezcla inexplicable de piedad y espanto
por cada vez que los veo pasar.

Después de tanto andar
sólo se les puede agradecer
por mostrarnos sin querer
lo que no queremos ser.

 


 

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