Durante nuestras vacaciones de enero visitamos el Museo Polifacético Rocsen, en la localidad cordobesa de Nono, para conocer y documentar su interesante y variada colección. De paso, nos dimos el placer de charlar con su dueño, Juan Santiago Bouchon, el humanista de Traslasierra.

Fotos: Coco Yañez

“Tengo 88 años cumplidos y nadie me quita lo bailado ni lo que falta”, termina reconociendo Don Santiago luego de varias gambetas a nuestra pregunta sobre su edad. Y es cierto. O al menos eso dicen los datos biográficos que pudimos consultar. Juan Santiago Bouchon nació en Niza (Francia) el 3 de julio de 1928. Estudió Antropología, Bellas Artes y Artes Aplicadas a la Industria en París. Llegó a la Argentina en 1950, se radicó en Nono en 1959, e inauguró el Museo Rocsen diez años después, en este mismo lugar donde un hombre simple de alpargatas nos sumerge en una cosmovisión tan rica como los escaparates de la Historia.

Bastan unas provocaciones cortas para que Bouchon se lance en un relato que podría durar horas, sin dejar de maravillar minuto a minuto.

Apenas uno entra a este museo siente que los objetos son significativos, que tienen relación con lo que uno trae en su bagaje.

Yo arranco de la idea de que nada es separable de nada, todo es parte de un todo. Mi museo es un intento de sincretismo universal, la unión de todas las disciplinas. No hay nada que no sea interesante. Hay gente, por ejemplo, que se maravilla con los minerales, ¿cuántos minerales tenemos en nuestro cuerpo?, si somos 71% de agua, es el principal mineral del planeta, no hay petróleo, oro ni gema que provoque tanto problema, no hay vida biológica sin agua.

Luego, yo considero que la cultura es nuestro derecho más absoluto, no puede ser sectorial, mucho menos elitista. Y creo, más que nunca, únicamente en el amor, la paz y la cultura para solucionar los problemas entre los seres humanos. No creo en ninguna forma de agresión para arreglar ningún conflicto, la agresión siempre va a engendrar la agresión.

Se exhiben en el Museo Rocsen desde la primera piedrita que atesoró Don Santiago en su Niza natal, hasta una avioneta, pasando por una infinidad de objetos de la vida cotidiana y piezas de los reinos de la naturaleza. 

Tengo una carga de valores muy fuerte, porque soy veterano de la guerra del ´40 en Francia. Nuestro trabajo durante la guerra era salvar gente, no matarla, no usábamos armas, formaba parte de una organización francesa paralela a la Cruz Roja. 80 millones de muertos inútiles para enriquecer a algunos. Esta experiencia me transformó en humanista pacifista y sentí la necesidad de dejar un mensaje de paz constante, permanente, por eso hice los retratos de la fachada (del museo). Tardé siete años en concretarla, sin ningún César, ni un Napoleón, ni un Hitler, ni un Bush. Allí están únicamente los humanistas pacifistas, porque siempre existieron los buenos.

Mi museo es polifacético, lo más diversificado posible. Yo verifiqué por mis estadísticas que la persona que no tiene una formación científica específica en un museo “unitemista” o “bitemista” al rato se cansa. Cuando vio mil huesos, mil piedras, mil cacharros, no quiere seguir viendo, y yo quiero llegar a todos los seres humanos sin diferencias, y por eso trato muchísimo lo cotidiano, para que la gente se reconozca rápidamente a sí misma: volver a hacer vibrar la cuerda sensible muchas veces aletargada por el sistema.

¿Cómo fueron sus primeras recolecciones, esos intentos de detenerse en un momento puntual en el tiempo?

Se nace con una vocación. Junto elementos de instinto desde los tres años, siempre tenía los bolsillos llenos de cosas raras: piedritas, caracolitos, semillas, un sapo vivo… pero siempre con la inquietud, el deseo, de compartirlo, de mostrarlo. Entonces, ¿qué es lo que no encierra una historia?, todo encierra una historia, todo plasma un momento, una intención, una idea… Por eso colecciono de todo.

Siempre me pareció absolutamente fabuloso que una semilla como una lenteja haga un algarrobo. Una semilla grande como la cabeza de un alfiler hace un baobabs, el árbol más grande de África.

En Niza, dónde usted nació, ya era “el loco que juntaba cosas…”

Guardaba de todo, pero, por ejemplo, la taxología morfológica para mí siempre fue una cosa evidente. Mi abuela paterna era modelista en una gran casa de costura en Niza, y tenía un cajón inmenso con más o menos dos mil botones. Yo los mezclaba todos y empezaba a clasificar: nácar con dos agujeros, nácar con cuatro agujeros… y así pasaba horas. Por eso nunca confundí un escarabajo con una mosca, desde chico, porque me parecían obvias estas clasificaciones.

En ciencias naturales soy autodidacta pero muy incentivado por mis padres. Mirar y admirar la naturaleza, porque ahí está todo…

Tener la capacidad de sorpresa permanente…

Nací con la inmensísima suerte de no poder perder nunca mi capacidad de asombro. Las cosas me maravillan siempre más, nunca menos. Más estudio, más profundizo, más me maravilla. Y también nací con la inmensa suerte de no haber podido encontrar nunca nada que no sea interesante. Todo es fabuloso…

En este momento, una de las personas de las muchas que empiezan a poblar la sala en la que estamos, comienza a interrumpir la entrevista para hacerle preguntas a Don Santiago, el humilde hombre de cabello cano, ropa de fajina y tiradores.

“Estos encuentros no son casuales, los rigen algo superior, la superinteligencia universal”, dice serenamente Bouchon delante de un altar donde los visitantes ofrendan sus estampitas sagradas y profanas. 

En el lugar donde charlamos, la última parada del museo, se alberga una colección de objetos religiosos, fundamentalmente ligados al cristianismo, pero también hay piezas vinculadas al Islam, el judaísmo y a las devociones populares argentinas. Tal es el magnetismo que despierta Bouchon en los visitantes del Rocsen que, en esa escenografía sagrada, poco a poco se va conformando una suerte de ceremonia donde el protagonista parece un mísitico, en el sentido más excelso del término, que predica frente a sus fieles, los que no dudarán -al final de la charla ya colectiva- en besarlo, abrazarlo y pedirle una selfie con solemne respeto.

Las extensas respuestas que Don Santiago fue ofreciendo al público se intercalaron con intervenciones de EL OTRO, que definitivamente perdió el hilo conductor de esta entrevista heterodoxa, en un lugar polifacético.

 

“Yo creo en mis semejantes, creo absolutamente en la juventud. Tengo unas respuestas conmovedoras de los chicos, son más de doscientos mil alumnos los que hemos recibido gratuitamente aquí”, dice Bouchón tras contestar respetuosamente una compleja pregunta de una señora que le pide su opinión sobre las enfermedades del pasado. Luego el dueño del Rocsen deriva en su crítica al “negocio de la enfermedad” y de los medicamentos y recuerda a su amigo, y ex presidente, Arturo Illia: “Corrupción cero, humildad diez puntos, tenía tan sólo dos trajes, en pijamas y en bicicleta salía a las tres de la mañana a atender a un enfermo gratuitamente”, rememora.

Lo traemos de nuevo a los comienzos de su pasión por las colecciones en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, en la cual se encontraba oscuramente inmersa su Francia.

Las guerras no son de soldados, todos mueren. Las mujeres, las mujeres en estado, los niños, los ancianos… y la gente muere mal, en el odio, el rencor, el resentimiento, la ira…

Yo estaba en Niza, inicialmente, ¿cómo explicarlo…? (hace una pausa, toma aire y traga saliva) Estuve debajo de treinta y dos bombardeos yanquis, el penúltimo con cinco mil muertos en seis minutos, donde ya no ocupaban Alemania, se habían retirado (NdR: los Estados Unidos eran en ese momento aliados de esa Francia que estaban atacando). Destruían para reconstruir, ¡gran comercio!

Todas estas cosas las he recogido en mi libro ¿Por qué no?, que se vendió como pancito y no pude volver a imprimir, primero por razones monetarias y ahora porque no me dan presupuesto, porque cada semana aumenta el papel. El capítulo más fuerte de este libro es sobre las cosas tremendísimas que tuve que vivir durante la guerra. Conocí el hambre, el miedo, pero sobre todo lo más cansador de esta clase de guerra es la tremendísima impotencia en contra de las grandes injusticias, las preguntas constantes, permanentes: ¿por qué?, ¿para qué? y ¿hasta cuándo?

Conocí la inanición, que es más allá del hambre. Yo estaba tirado en el suelo sin poder hacer un gesto más, pero de repente apareció otro ser humano que me dio la mano para ayudar a levantarme, que se sentó conmigo en los escombros, que de una bolsa sacó un cacho de pan, que no hubiese saciado nunca su hambre, lo partió en dos y me dio la mitad. Esto no sólo fue un poco de alimento para mi cuerpo físico, este fue el preludio de una magnífica sinfonía que hay que aprender a escuchar, que es la vida, el embrión de una esperanza que no hay que dejar escapar, la lucecita que se prendió en las tinieblas de la paz que hay que seguir. Y seguí, y aquí estoy.