EXCLUSIVO | EL OTRO visitó Chile durante los primeros días de la histórica asunción del presidente Gabriel Boric. A casi 50 años del golpe genocida de Pinochet contra el gobierno democrático de Allende, recorrimos las calles de Valparaíso y Santiago, y presenciamos en La Moneda el primer día del nuevo gobierno. Registro en primera persona de las consecuencias del Estallido Social de 2019 y de las expectativas abiertas por la Convención Constitucional que busca transformar la matriz neoliberal del Estado. Desafíos de cambio para una joven generación de izquierdas, tras la crisis de hegemonía de mercado y el naufragio de la vieja partidocracia. Chile define a Argentina como su principal aliado estratégico en la región.

COBERTURA ESPECIAL | Primera parte

Texto y fotos: Negro Nasif

Literalmente: por esta puerta atropelló el genocidio neoliberal en Sudamérica. A sangre y fuego, el 11 de setiembre de 1973 las fuerzas económicas y militares de Chile bombardearon el Palacio de La Moneda. Con esa costumbre de matar, el poder fáctico subordinado, la hegemonía de derechas promovida por el Gobierno de los Estados Unidos, abrió definitivamente las venas de nuestra América Latina, dando comienzo a la infinita noche de secuestros, torturas, muertes, desapariciones, apropiaciones, saqueos y miseria planificada que signarán las cinco décadas venideras.

Jacobo Arbenz en Guatemala, en 1954; Juan Bosch en República Dominicana, en 1963 y João Goulart en Brasil, en 1964; integraron la seguidilla de derrocamientos del plan continental ejecutado por la CIA, militares y oligarcas regionales. Territorio preparado hacia la pretendida solución final que, a vuelo de Plan Cóndor, instauró el terror estatal como siniestra herramienta para el desarme de las economías de bienestar intentadas por diversos movimientos de masas. Entre ellos, la Unidad Popular, la coalición de izquierdas encabezada por Salvador Allende, que concretó la primera experiencia histórica en América Latina de un gobierno revolucionario que alcanzó el poder institucional por la vía de las urnas.

“Misión cumplida. Moneda tomada. Presidente muerto”, fue la confirmación que Javier Palacios, general del Ejército al mando del cuartelazo, comunicó a sus superiores el 11 de setiembre de 1973, minutos después de que Allende grabara un discurso que, el último 11 de marzo, el presidente Gabriel Boric, ya con la banda tricolor cruzándole el pecho, asumió como legado. “Como pronosticara hace casi 50 años Salvador Allende, estamos de nuevo, compatriotas, abriendo las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, el hombre y la mujer libre, para construir una sociedad mejor. Seguimos. ¡Viva Chile!”, reafirmó el presidente más joven de la historia este país, ante la multitud que lo ovacionó desde la Plaza de la Constitución. Misión cumplida, Moneda recuperada, presidente vivo, parecía resonar como contracara de una nueva y modesta esperanza.

 

 

Institucionalmente, la presidencia del magallánico Gabriel Boric Font comenzó el 11 de marzo pasado, con el traspaso de mando celebrado en la sede del Congreso Nacional en Valparaíso, la mítica y vital ciudad porteña, a 110 km de Santiago. “Ante el pueblo, y los pueblos de Chile, sí prometo”, fue la fórmula plural que eligió el líder de Apruebo Dignidad para recibir la Piocha de O’Higgins de manos del saliente Sebastián Piñera. Con el engarce de la tradicional estrella roja de cinco puntas al extremo de la banda presidencial, Boric fue investido como nuevo presidente de la República.

Más allá de la cobertura periodística de la asunción y de actos institucionales posteriores, cargados de continuidades y rupturas de gran riqueza simbólica, EL OTRO visitó –durante una semana- el país hermano para registrar e interpretar hechos indudablemente históricos, en el contexto de los procesos paridos por el Estallido Social de octubre de 2019, y las expectativas que genera la Convención Constitucional que busca dejar atrás la estructura política y económica instaurada por el dictador Augusto Pinochet en alianza con el establishment trasnacional.

 

Salvador Nasralla, vicepresidente de Honduras.

 

Blindaje de seguridad para Felipe VI, rey de España.

 

 

Alberto Fernández, presidente de Argentina.

Fuimos a Valparaíso y sentimos una extraña tristeza en sus paredes, en el puerto, los cerros, los rostros de un pueblo marcado por la crisis social, económica y sanitaria que despobló de visitantes a esta hermosa ciudad cosmopolita y libre. También subimos al Cerro Castillo de Viña del Mar, donde Manahi Pakarati, representante del pueblo Rapa Nui, fue anfitriona junto al presidente Boric en el almuerzo que se ofreció a los mandatarios extranjeros.

Estuvimos en las calles de Santiago, las recorrimos a pie y a través del metro donde se encendió la chispa estudiantil al grito de evadir, no pagar, otra forma de luchar. No son 30 pesos, son 30 años testimonian aún las paredes. Caminamos desde el opulento sector oriente a la rebelde Plaza Dignidad, allí la  tierra arrasada sigue en custodia de las tanquetas policiales y pertrechados carabineros que defienden como un bastión la piedra basal del exmonumento a Baquedano, cuya escultura ecuestre fue trasladada hasta un depósito oficial. Conversamos con trabajadoras y trabajadores, estudiantes, migrantes, académicos e, incluso, fuimos invitados a seguir de cerca las actividades del Comité Político ampliado en La Moneda, durante la primera jornada de trabajo del presidente, las ministras Camila Vallejo, Izkia Siches y Antonia Orellana; los ministros Giorgio Jackson y Mario Marcel; y miembros de los partidos de la coalición gobernante.

Mario Marcel, ministro de Hacienda

 

Giorgio Jackson, ministro secretario general del Gobierno.

 

Izkia Siches, ministra del Interior y Seguridad Pública.

 

Camila Vallejo, ministra secretaria general de Gobierno.

En la Universidad Alberto Hurtado entrevistamos a Juan Cristóbal Peña, prestigioso periodista, docente, investigador y escritor chileno, quien recibió en 2008, de manos de Gabriel García Márquez, el premio Nuevo Periodismo Iberoamericano por su reportaje Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet.

“¿Chile será capaz de dejar atrás los enclaves neoliberales que se instalaron con mucha solidez desde la época de la dictadura, y que se consolidaron durante los años de la transición a la democracia?”, interpeló el profesor Peña cuando le consultamos sobre el principal interrogante que en este minuto –como se suele decir en Chile para marcar el presente- debe responder su país.

Guillermo Teillier (Partido Comunista)

 

Diego Ibáñez (Convergencia Social) y Flavia Torrealba (Federación Regionalista Verde Social).

 

Tomás Hirsch (Acción Humanista)

En la entrevista (que publicaremos en los próximos días como parte de esta cobertura especial) Peña, previo a descartar cualquier identificación lineal y simplista entre dictadura y democracia, puso el foco en el poder que determinó la política en las últimas décadas. “En el fondo, han puesto la música de la política”, sintetizó y amplió su pregunta inicial acerca de las condiciones de posibilidad pos estallido para profundizar los cambios culturales. “¿Nuestra sociedad va a ser capaz de elegir un modelo distinto, tendrá las condiciones para hacerlo? ¿Tendrá la opción de ver ese modelo y sus eventuales ventajas?”, planteó el autor de Los fusileros y Jóvenes pistoleros, libros clave para comprender parte sustancial del trasfondo histórico de política armada, hegemonía neoliberal y democracia formal en Chile.

El planteo de Peña van en línea con algunos interrogantes que recabamos en las calles de Santiago, que en muchos casos percibimos como reproducción de la agenda mediática, sobre todo televisiva: ¿Qué va a pasar con la educación, la salud, los arrendamientos, los servicios públicos? ¿Hasta dónde llegará la Convención Constitucional con sus reformas? ¿Se van a estatizar las AFP? ¿El Congreso, controlado por la derecha, va a dejar gobernar a Boric? ¿Es posible negociar con los mapuches en La Araucanía?

Otra cosa es con guitarra, es el repetido dicho que aparece como respuesta en boca de personas de a pie, periodistas y políticos/as de la oposición, cada vez que intentan menospreciar las capacidades reales del nuevo gobierno para cumplir con las expectativas generadas en la población, en un contexto extremadamente complejo.

No son pocos, en diferentes sectores socioeconómicos, los que preanuncian un gobierno comunista que va a terminar con el ejemplo chileno, aunque ningún dato de la realidad permita fundamentar una aseveración rayana en el terraplanismo. Si bien se percibe indiferencia y descreimiento en la política, el tono general, sobre todo entre las y los trabajadores y estudiantes de las escuelas públicas, es de espera prudente. El entusiasmo y la euforia, por fuera de los núcleos de manifestaciones públicas de apoyo al gobierno, no se explicita en las escenas cotidianas. Mucho menos la grieta, esa calificación con que la prensa hegemónica argentina intenta explicar nuestros conflictos.

 

 

Con el peso del escrutinio muy severo de la prensa, las radios y –sobre todo- las señales de noticias que le ponen color a todo, durante las 24 horas, parece que el gobierno no tendrá la famosa luna de miel de los primeros cien días. Bajo esos condicionamientos, las urgentes demandas sociales y el difícil equilibrio entre una Convención Constitucional -por izquierda- y un Congreso nacional –por derecha-, Boric y sus principales espadas políticas Jackson, Vallejo y Siches realizaron gestos y avanzaron con acciones concretas en un plan de gobierno que comprende 75 reformas para los próximos cuatro años (leer aquí).

Además del giro político a la izquierda -con moderación-, la impronta de cambio generacional, feminismo, cercanía con la gente y transición ecológica, estuvieron siempre presentes desde el primer día de un gobierno que además sorprende, en inevitable comparación con nuestro país, en su constante predisposición al diálogo y la comunicación llana y abierta.

 

 

 

Fue muy intensa la primera semana de gobierno, de las más de doscientas que le esperan al presidente Gabriel Boric hasta cumplir su mandato. En solo siete días apoyó plenamente a la Convención Constitucional que, entre otros cambios, incorporó el 15 de marzo el derecho al aborto en el borrador de la nueva Carta Magna; criticó en duros términos al rey Felipe VI de España por retrasar la ceremonia de cambio de mando; participó del Tedeum de la Iglesia Católica y luego cuestionó la presencia en esa ceremonia del cardenal Ricardo Ezzati, a quien acusó de encubrir “graves delitos contra los niños”; formó parte en La Moneda de la primera Rogativa de los pueblos originarios; encabezó un acto cultural en la popular comuna de La Pintana; ofreció nueve entrevistas a medios de comunicación y una conferencia de prensa para medios extranjeros; encabezó el primer encuentro del Comité Político ampliado en el que se definió el primer viaje de la ministra de Interior a La Araucanía donde, a pesar de improvisaciones y dificultades para concretar un encuentro que promueva la desescalada del estado de excepción que rige en esa región, la representante del Estado chileno se reunió con el padre de Camilo Catrillanca, el comunero asesinado por Carabineros durante el gobierno de Piñera.

En el plano internacional, Boric firmó el ingreso de Chile al Acuerdo de Escazú, tratado que garantiza el acceso a la información, participación pública y justicia en asuntos ambientales; e inició conversaciones con el presidente de Bolivia, Luis Arce, para recuperar las relaciones diplomáticas rotas en la década del 70. Además, definió a Alberto Fernández como su principal aliado estratégico en la región, anunció que será la Argentina el primer país al que viajará como mandatario, y manifestó su deseo de no solo visitar Buenos Aires sino también “una provincia del interior”.

Otra vez la Patria Grande en la historia y el horizonte de nuestros pueblos.

 

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